Hacía tiempo que nadie sabía nada de Dumbo, aquel elefantito anodino que, gracias a sus sorprendentes orejas, había aprendido a volar. El cierre definitivo de los circos con espectáculos de animales, unido a una gran crisis económica global y a un deseo que acompañaba a Dumbo desde que él recordaba, le hicieron dar un viraje completo a su carrera laboral como paquidermo piloto. “Quiero sostener un tronco de puntuaciones de hockey sobre aire”, recuerdan algunos que apostillaba a menudo en conversaciones sobre el replanteamiento laboral en profesionales del circo. Él había conocido las mieles de las máquinas recreativas a mediados del siglo XX y comenzó una obsesión casi enfermiza. En la decadencia de ambos, se encontraron, por fin. “He cumplido mi sueño”, escucha la gente cada vez -rara vez- que se acercan a la máquina de hockey sobre aire y echan una moneda para jugar. Sempiterno y aferrado a sus últimos estertores laborales, en el marco de un conocido centro comercial, Dumbo comparte su última ilusión: sostener el tronco de puntuaciones en una máquina de hockey sobre aire.

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